Y ESTALLÓ LA DINAMITA …

RAMÓN GONZÁLEZ PEÑA nació en la localidad mierense de La Rebollada, el 11 de julio de 1.888 y falleció en México el 28 de julio de 1952.
Secretario General de la Federación Estatal de Mineros de U.G.T. , miembro del comité ejecutivo de Federación Internacional de Mineros y dirigente del “Comité Revolucionario de Asturias” en 1.934.

¡¡¡ Al fascio no se le combate con música, sino con los fusiles !!! Ramón GONZÁLEZ PEÑA (Octubre de 1934)

En octubre de 1934 por toda España sonó el grito de la Huelga General Revolucionaria frente al retroceso en las reformas emprendidas con el advenimiento de la República, por el triunfo de las derechas en 1933 y por la entrada de tres fascistas en el gobierno.

Ante la amenaza que esto suponía para la república y para la clase obrera, el pueblo decidió luchar, aunque fue Asturias el centro de la insurrección popular, quedando sola en mitad de la tierra

En efecto, se habían celebrado las elecciones en noviembre-diciembre de 1933 resultando vencedora la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), dirigida por Gil Robles, que nunca había reconocido a la República. Su campaña había sido millonaria, empleando todos los medios, desde la radio hasta el lanzamiento de al menos diez millones de folletos desde avionetas, llegando incluso a proclamar su objetivo en un mitin tras el regreso del Congreso Hitleriano de Núremberg: “la conquista de un Estado Nuevo, rectificar la república”. La formación del gobierno fue encargada a Alejandro Lerroux del Partido Republicano Radical, segundo partido más votado, y acérrimo enemigo del anarcosindicalismo y el catalanismo, a la vez que cómplice del Golpe de Estado de Sanjurjo del 10 de agosto de 1932. Con esta alianza los cedistas esperaban obtener la liquidación de toda o gran parte de la legislación reformadora del bienio anterior, permitiendo el retorno de frailes y monjas al ejercicio de la enseñanza, archivando el proyecto de ley de intervención de los sindicatos en la industria, no eliminando la Reforma Militar, pero favoreciendo el ascenso de altos cargos de derechas contrarios a la República, a la vez que promulgaba una Ley de Amnistía para los participantes en el intento golpista de Sanjurjo y para los acusados de evasión de capitales tras la llegada de la República, dejando, además, sin efecto la confiscación de tierras a los “Grandes de España” que habían apoyado dicha intentona. Frente a la reducción de salarios y a estos hechos el pueblo trabajador no tardó en responder.

En España, en el reinado de Alfonso XIII, se puede decir que no existen electores en el marco de la vida rural; lo que existen son diferentes cacicatos o áreas de influencia personalista con los que hay que contar

Ante este tétrico panorama, tal y como nos confirma el historiador Rodríguez Muñoz en su libro sobre la revolución de octubre de 1934 en Asturias, “en la noche del 3 al 4 de octubre, el diputado socialista Teodomiro Menéndez viajó en tren de Madrid a Oviedo. En el forro de cuero de su sombrero llevaba escondido un pequeño papel que contenía la consigna del Comité Revolucionario Nacional para el de Asturias. Eran aproximadamente las diez y media de la noche cuando Teodomiro Menéndez llegó a las oficinas de “Avance”. Allí le esperaban Ramón González Peña, Graciano Antuña, Javier Bueno y Francisco Martínez Dutor. El papel contenía una escueta consigna: “Huelga general insurreccional”, y la clave con la que sería confirmada telegráficamente. Todo debía de estar preparado para ese momento”.

El plan de los revolucionarios era bastante simple, primero darse a conocer, segundo buscar la rendición pacifica de los cuarteles de la Guardia Civil y si esto no pasaba, tomarlo por la fuerza, pero para tomarlos por la fuerza se necesitaban armas, y eso significaba tener una organización clandestina para conseguirlas sin levantar sospechas. Esto se consiguió socializando las armas en pequeñas cantidades de la fábrica de armas de Trubia, y también trayéndolas desde Éibar, a través de una red creada por el sindicato de trasporte de la UGT y Juventudes Socialistas. La dinamita, elemento fundamental de la revolución, era socializada directamente desde los polvorines de las minas asturianas. Así, el total de armas, se calculan en 1.300 fusiles y 4 ametralladoras, que fueron guardándose en catorce depósitos, diez de los socialistas, dos de los anarquistas y otros dos de los comunistas.

José SAAVEDRA Zapico “José Cantera” (1º de la izquierda), mi abuelo, y Teodomiro Menéndez en plena preparación de la revolución del 34 en la localidadad asturiana de Aller.

En todo este periodo ocurrió el incidente del vapor Turquesa, un pequeño barco que transportaba un alijo de armas, en una falsa operación de compra-venta de armas que tenía el destino falso de Etiopia. El plan, dirigido por Indalecio Prieto tenía como objetivo que las armas se descargasen en Andalucía para ser transportadas a Madrid, pero la huelga de los campesinos en Andalucía en el verano del 34 provocó que se cambiasen los planes y se decidiese fondear en Muros del Nalón por estar menos vigilado. Sin embargo, la demora del capitán en descargar provocó las sospechas de la Guardia Civil procediéndose al registro del barco encontrándose con el alijo de armas y, aunque no lograron que se descargaran todas las armas, si impidieron un mayor rearme de los revolucionarios.

De este modo, en la madrugada del día 5 de octubre de 1934, comunistas, anarquistas y socialistas iniciarían con fuerza y con esperanza desbordante el camino hacia el futuro, dispuestos a teñir el negro carbón con el rojo heroico de su sangre. Los mineros fueron convocados para enfrentarse a guarniciones militares, guardias civiles y de asalto. Y con todos los preparativos listos, comenzó la revolución, tomándose rápidamente los 23 cuarteles de la Guardia Civil en las cuencas del Caudal y del Nalón, y el cuartel de Manzaneda, también, aunque con una pequeña resistencia, cuartel que era importante para la toma de Oviedo.

La capital del principado no fue rendida de forma inmediata, y permitió a la guarnición poder atrincherarse, aunque la poca dotación – unos 1.000 hombres -, no impidió que la columna de mineros de Mieres, liderada por Ramón González Peña, entró en el Ayuntamiento de Oviedo el día 6, aunque los cuartes de Santa Clara y Pelayo no fueron tomados y los acuartelados se limitaron a resistir esperando los refuerzos.

El incendio de la Universidad de Oviedo, que causó la destrucción de decenas de miles de libros, la pinacoteca y el propio edificio, del que solo quedaron en pie los muros, la arquería del claustro y el monumento a Valdés Salas, Inquisidor General que fundó la Universidad en el siglo XVI, a día de hoy ya no hay plena constancia de que el trágico episodio tenga la firma de los revolucionarios que combatieron en la capital. Así lo prueban una serie de testimonios fiables, entre los que destacan una anotación sobre los bombardeos en la zona cercana a la Universidad por aviones del Gobierno procedentes del aeródromo de León del general López Ochoa en su libro Campaña militar en Asturias en octubre de 1934…

Sin embargo, una de las actuaciones que la burguesía y su gobierno formularon contra los revolucionarios fue la de incendiarios, cuando los verdaderos incendiarios fueron ellos, el ejército y las fuerzas públicas.

El 7 de octubre se produciría el primer bombardeo en el barrio de La Argañosa. Ese mismo día, el grupo de milicianos dirigidos por Juan Ambou consiguió hacerse con el control del transporte ferroviario entre la capital y el centro de Asturias, y de la fábrica de armas La Manjoya. El coronel Navarro había elegido la torre de la catedral en atalaya de la que disparar a los mineros produciendo un gran número de bajas, proponiéndose entre los trabajadores la destrucción del edificio por medio de la dinamita, desechada la proposición por el Comité de Oviedo, siendo uno de los más tenaces defensores de la decisión contraria a la destrucción el líder de los mineros Ramón González Peña. En la noche del día 9, el comandante Alonso Vega ordenaba incendiar el Teatro Campoamor, que era una posición estratégica para los milicianos, no en vano el teatro se encontraba a escasos metros del antiguo convento de Santa Clara, cuartel general de los guardias de asalto que se resistían a entregarse. Esa misma noche era incendiada la redacción del periódico AVANCE y todo el edificio del Centro Obrero Socialista de Oviedo donde se encontraba instalada la redacción. Cuestión aparte merece el incendio del edificio de la Universidad de Oviedo achacado a los mineros, cuando la realidad fue, según una anotación sobre los bombardeos en la zona cercana a la Universidad por aviones del Gobierno procedentes del aeródromo de León del general López Ochoa en su libro “Campaña militar en Asturias en octubre de 1934”, eximen de toda responsabilidad a los insurrectos.

El día 8 desembarcaron fuerzas al mando del teniente coronel López Bravo, quién sería destituido por Hidalgo de Cisnero (ministro de la Guerra), aconsejado por Francisco Franco y después de que Calvo Sotelo le acusase de haber ordenado a los soldados “no disparar contra sus hermanos”, con lo que finalmente, sería sustituido por el teniente coronel Yagüe.

El día 9 de octubre los aviones lanzaron octavillas advirtiendo de que Asturias estaba sola y que se mandarían potentes columnas de España y África para detener la revolución. Sin embargo, los mineros asturianos no se amedrentaron y prosiguieron con la lucha

El día 11 de octubre se producía la primera crisis del Comité Revolucionario Regional debido a la llegada de refuerzos por el norte de la ciudad, al afianzamiento del frente sur debido a los refuerzos procedentes de León y al envío, desde allí, de 18 aviones de reconocimiento y 12 de bombardeo. Los mineros y obreros conseguirían resistir heroicamente durante una semana más. La decisión tomada por el Comité provocó un fuerte rechazo en las milicias, cuyos jefes reunidos en Oviedo terminarían constituyendo un nuevo Comité, que optaría por continuar hasta la última bala, hasta el último cartucho.

Nada sencillo sería el avance de la columna de López Ochoa desde Lugo y el de las tropas africanas de Gijón al mando de Yagüe, viéndose obligados a aumentar el terror aéreo al no poder detener la heroicidad del pueblo asturiano, llegando a la cifra de 37 bombarderos y 3 aviones de reconocimiento. Además, emplearon las tácticas del terror para que el miedo detuviese al pueblo en armas, fusilando a 19 milicianos en la explanada del cuartel Pelayo, a 9 vecinos del barrio obrero de La Tenderina, a 19 en Villafría, a 5 en la “Fuente del Caño”, a 14 en las casas donde se habían escondido, a 10 en San Esteban de las Cruces, entre ellos dos niños… Era la antesala de lo que estaba por venir. El grito de ¡vienen los moros! se convirtió en la voz de alarma de una pesadilla que avanzaba con dedos de guadaña y corazón de yugo y flechas, una voz que volvería a resonar apenas dos años más tarde, pero esa vez lo haría por toda España.

Los moros llegaron a Asturias para sofocar la Revolución de 1934, y entraban a saco, asesinando y robando. Fueron los primeros en entrar en Oviedo, y la carnicería, violaciones, robos, que se produjeron en las dos horas que les daban los “honorables” oficiales del Ejército español, causaba espanto. Tanto era así que el pacto entre Ochoa y Belarmino Tomás consistió -entre otros puntos sin relevancia- en que los moros no entraran los primeros en los pueblos de las cuencas mineras. Estuvieron durante meses en Asturias, y volvieron de nuevo para combatir al lado de Franco y sus compinches.

El ministro de Guerra para acabar con los revolucionarios de Asturias llamaría a los generales Franco y Goded, que traen a la legión y tropas regulares de Marruecos, así como dos acorazados – el Cervera y el Jaime I – para bombardear núcleos urbanos como pasó con Gijón. El despliegue se haría en cuatro frentes, el del sur, tras pasar por Pajares, dirigidos por el general Bosch y Balmes, son detenidos por 3.000 mineros en Vega del Rey, pero el uso de artillería y la colaboración de la Guardia Civil impiden que triunfen los revolucionarios. En Gijón desembarcó la legión y los regulares africanos que acabarían tomando la ciudad debido más a la huida de la población que por la eficacia militar, aunque hasta el día 16 habría combates. Otro frente entraría por Galicia en dirección Trubia y el cuarto por el este asturiano que fue detenido por los blindados que tenían los mineros en La Felguera. Pero los heroicos mineros de Asturias resistirían hasta el final, hasta la tarde del 16 de octubre de 1934 cuando Yagüe al mando de dos banderas de la legión, el tabor de Regulares, un batallón de Infantería y una batería de artillería conseguía doblegar la resistencia de Oviedo, tal como se recoge en el diario monárquico ABC: “los legionarios han hecho una verdadera limpia de enemigos en la ciudad con procedimientos expeditivos y eficaces”. Hechos que serían celebrados por los tres ministros de la CEDA, cortejo al que se sumó Francisco Franco, quién ya conocía la valentía minera desde su participación represora en la huelga de 1917, habiendo sido él quien promovió el envío de los africanistas a Asturias.

Octavillas que se lanzaban desde los aviones gubernamentales para atemorizar a los mineros revolucionarios

En Campomanes, a donde habían llegado veinte camionetas ocupadas por fuerzas de la guardia civil y de la guardia de asalto seguiría la batalla, finalizada cuando a los últimos 400 milicianos se les agotó la munición y decidieron retirarse. Con barbas y aspecto demacrado por diez días de combate, pero conservando aún en sus pechos la lumbre que incendió Asturias, cantaron la Internacional en su desfile por las calles de Mieres, mientras que las gentes salían a recibirlos con orgullo.

Los restos del Ejército Rojo se concentraron en Sama de Langreo el 18 de octubre, donde el tercer comité formado días antes negoció la rendición y Torrens Llompart, teniente de la Guardia Civil, prisionero y colaborador, sería el encargado de conducir las negociaciones con el general López Ochoa. Ante las condiciones inaceptables, el mismo presidente del comité, Belarmino Tomás, fue a entrevistarse el mismo 18 de octubre con el general Ochoa en Oviedo, estableciéndose un pacto entre los dos masones:  La entrega de prisioneros y de las armas, a cambio de volver a los puestos de trabajo con normalidad, sin más represalias que las de los tribunales de Justicia y que, ni el Tercio ni los Regulares fueran en la cabeza de las fuerzas que entrasen en las cuencas, tal como manifestaba Belarmino Tomás en su alocución a la muchedumbre concentrada en la plaza del Ayuntamiento de Langreo: “Tened en cuenta, camaradas, que nuestra situación no es otra que la de un ejército vencido. Vencido momentáneamente. Todos, absolutamente todos, hemos sabido responder como corresponde a trabajadores revolucionarios. Socialistas, comunistas, anarquistas y obreros sin partido, empuñamos las armas para luchar contra el capitalismo el 5 de octubre, fecha memorable para el proletariado de Asturias (…) No somos culpables del fracaso de la insurrección, puesto que en esta región hemos sabido interpretar el sentir de la clase trabajadora, que ha sabido demostrar su voluntad con hechos concretos. No sabemos quién o quienes han sido los culpables del fracaso de nuestro movimiento. El tiempo permitirá que todo se ponga en claro. Lo que si podemos decir es que en el resto de las provincias los trabajadores no han respondido como era su deber. Y ante esa abstención, el Gobierno ha podido combatirnos, no sin antes tener que movilizar cerca de cuarenta mil hombres armados con los medios de guerra más modernos y perfeccionados (…) Tenemos fusiles, ametralladoras y cañones, pero nos falta lo esencial, que son las municiones. No disponemos de un solo cartucho (…) Ninguna ayuda podemos esperar del proletariado del resto de la Península, ya que no es más que un mero espectador del movimiento de Asturias, y ante esta situación no es posible seguir luchando por más tiempo con las armas en la mano (…) El acuerdo adoptado por unos y otros, junto con el Comité Regional, ha sido el de tramitar la paz. Así se ha hecho y he aquí las bases presentadas por el general Ochoa…”

Un pacto, por cierto, que nunca se cumplió por parte de los “ganadores” de aquella lucha de clases, iniciándose por parte del gobierno un “castigo ejemplar para evitar una repetición de hechos semejantes”, manifestaba el fascista Gil Robles.

La Revolución de Asturias el año 1934

El 3 de diciembre quedaba aprobado el Decreto de Rescisión de Contratos Individuales aplicado a la huelga de octubre por “abusiva”. Los empresarios lo aprovecharon para realizar sus soñados despidos masivos, teniendo que recordar el propio gobierno el 31 de agosto de 1935 que los nuevos contratos del personal seleccionado respetasen las condiciones de trabajo anteriores. Además, exigieron la disolución de los sindicatos y de los partidos políticos que participaron en la revolución de octubre. Se les prohibió el desarrollo de cualquier actividad hasta abril de 1935 cuando el “estado de guerra” fue sustituido por el “estado de alarma.” Pero sus periódicos permanecieron cerrados hasta, al menos, diciembre de 1935, en el caso de El Socialista, y las Casas del Pueblo no volvieron a abrir sus puertas hasta febrero del año siguiente.

“No es de cobardes deponer las armas cuando claramente se ve que es segura la derrota. (…) Conocemos el ensañamiento con que viene actuando el ejército enemigo. Los crímenes, los atracos, los robos y las violaciones están a la orden del día del Tercio y los Regulares. (…) También hemos concertado (…) que no habría represalias. Yo creo, y conmigo el resto de los camaradas de los Comités, que ningún caso debemos hacer de lo que sobre este particular nos ha dicho el general enemigo.

En los tres meses siguientes continuaron las detenciones, al menos 30.000 prisioneros hasta abarrotar los locales habituados como cárceles, caso concreto del convento jesuita de Las Adoratrices. Las dependencias municipales, sindicales y religiosas se convirtieron en prisiones provisionales. Algo de lo que mostraría orgullo el canónigo Arboleya diciendo que era “una contribución de la Iglesia a nuestras tremendas responsabilidades, como católicos, de que la ira de Dios, causada por la malsana propaganda socialista, pasara por Asturias.” Los centros obreros y los domicilios de los insurrectos fueron asaltados. Los presos torturados y silenciados por la única prensa que era publicada, quién extendió sus mentiras sobre el terrible “terror rojo” desatado en Asturias. Mintieron sobre “la masacre de Carbayín”, localidad en la que fueron asesinados 24 personas de la cuenca del Nalón, la mayoría de ellos enterrados vivos en la escombrera de la antigua mina de El Rosellón, todos ellos acusados de insurrectos que habían vuelto a establecer una guerrilla, cuando la realidad fue que, en su mayoría, los asesinados ni siquiera tenían afiliación política alguna ni habían participado en nada de lo que se les acusaba.

Finalizada la revolución, se produce la gran huida. Se intuye la represión y miles de trabajadores procuran alejarse del lugar en el que vivieron los sucesos. Poblaciones como Olloniego, Turón, Aller, Langreo, Mieres, etcétera, quedaron abandonadas por los trabajadores comprometidos en el reciente movimiento. En esta peregrinación no estaban solos los hombres, ya que se dieron numerosos casos de familias enteras que huyeron a través de los montes, en busca de la aldea perdida, de la guarida alejada.

Sola en mitad de la tierra, Asturias que, con su ejemplo de unidad obrera, sembraría la semilla para la unidad del pueblo español bajo el nombre del Frente Popular. Aquella Asturias que consiguió, a base de unir cientos de lumbres, convertirse en la inmensa luz de un faro que iluminó al proletariado español e internacional había sido derrotada, pero no vencida, porque dos años más tarde volvería a levantar su furia y su vida contra el fascismo. Asturias caída, no fue muerta, porque roja es su sangre y negra su tierra, y en la memoria de todos los pueblos del mundo resuena su viejo grito, de saludo, de despedida y de futuro: ¡¡¡ UNIOS HERMANOS PROLETARIOS !!!, gravado por siempre en cada estrella y en cada recuerdo de la lucha de los oprimidos. La Revolución de Octubre en Asturias supuso un hito en la historia del movimiento obrero español, llegando a la unidad en la lucha entre comunistas, anarquistas y socialistas.

A partir de ahí, con un balance de 1.300 muertos y 3.000 heridos, los cerriles gobernantes pueden seguir publicando todo tipo de folletines y panfletos para tratar de desvirtuar este hermoso movimiento revolucionario de Asturias; pueden seguir ladrando contra él las Cortes reaccionarias, tratando de difamarlo; pueden seguir calumniando cuanto quieran los plumíferos a tanto la línea; pueden, en fin, anatematizarlo día tras día todos los clérigos desde sus púlpitos, pero la Revolución del 34 quedará grabada en la historia del movimiento obrero internacional con letras de oro, donde los mineros han sido, una vez más, los que han dado como nadie pruebas de valor, de heroísmo, de generosidad, de sacrificio y de disciplina.

 

 

 

Acerca de ANTON SAAVEDRA RODRIGUEZ

Hola a todos, soy Antón Saavedra y vivo en la cuenca minera asturiana del Nalón. Nacido en Moreda de Aller, (Asturias) el 30 de mayo de 1948, desde la edad de cinco años vivo en la barriada minera de La Juécara (LANGREO). Allí, en la Academia Mercantil de La Felguera (Frailín) cursé mis estudios de bachillerato por libre, y a la edad de 20 años, después de haber sido despedido de Constructora Gijonesa, Duro Felguera y Montajes de Ciaño por motivos sindicales, empezé a trabajar en la minas de Hunosa (Pozo Fondón) con la categoría de ayudante barrenista hasta el año 1974 que pasé a desempeñar el cargo de Graduado Social en el Grupo Siero (Pumarabule y Mosquitera). Posteriormente me licencié en Relaciones Industriales por la Universidad de Alcalá de Henares, y actualmente curso estudios para la licenciatura de Ciencias Políticas. Afiliado a la UGT y al PSOE en los inicios de los años 70, fui secretario general de la Federación Estatal de Mineros de UGT (1976-1989), vicepresidente de la Internacional de Mineros (1978-1990), y miembro del Comité Ejecutivo Confederal de UGT (1976-1988).Desde 1986 hasta 1994 ocupé un lugar en la Mesa del Comité Consultivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en representación de España. Durante este periodo participé como ponente en varios congresos y conferencias sindicales a nivel internacional, actuando en nombre de los trabajadores españoles ante la OIT, siendo autor del libro-informe publicado bajo el título “EL CARBON:UNA ALTERNATIVA A LA CRISIS ENERGETICA”, que fue asumido por unanimidad de los miembros de la CECA como ponencia base en el debate sobre la politica energética comunitaria en 1991. Entre los años 1991 y 1998 fui diputado del Partido de Acción Socialista (PSOE histórico) en el Parlamento Asturiano por las lista de IU, así como miembro de sus respectivos comités ejecutivos federales. Soy autor de “SECUESTRO DEL SOCIALISMO” y “EL HEREDERO DE SURESNES” de muy recientísima aparición.
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