LLEGÓ LA MODÉLICA TRANSICIÓN  

Benito PÉREZ GALDÓS (Las Palmas de Gran Canaria 1843-1920), fue un escritor español representante de la novela realista española del siglo XIX, académico de la Real Academia Española desde 1897 y candidato al Premio Nobel de 1912.

«Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos.  Han de pasar años, lustros tal vez, quizá medio siglo largo, antes que este Régimen, atacado de tuberculosis étnica, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental»

Benito PÉREZ GALDÓS (Episodios Nacionales, el año 1912)

Mucho se ha escrito sobre la Transición – mejor ponerle el nombre real de Segunda Restauración Borbónica – y los trepidantes acontecimientos que cambiaron España después de la muerte del Dictador aquel 20 de noviembre de 1975. Desde el primer momento las estanterías de las librerías comenzaron a llenarse de ejemplares sobre el tema con enfoques, en su mayoría coincidentes, sobre el “éxito” de aquel experimento y comentarios casi siempre laudatorios hacia sus principales protagonistas: partidos políticos, agentes sociales, instituciones económicas, y, por supuesto, sobre el papel del Rey Juan Carlos de Borbón como figura estelar y, hasta hace muy poco, intocable. Sin embargo, a pesar de tanta oferta literaria sobre este periodo de nuestra historia reciente, resulta casi imposible encontrar en esas mismas estanterías de las librerías algún estudio basado en hechos y testimonios sobre la tesis contraria para demostrar que la Transición fue un fracaso.

El Pacto de la Transición no es más que un redivivo del “pacto canovista del Pardo”, tal como denunciaba Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, poniendo negro sobre blanco, precisamente en referencia a los tiempos del bipartidismo decimonónico. Es decir, el bipartidismo turnista al más puro estilo Cánovas y Sagasta que determinó la adaptación sin condiciones de las fuerzas de progreso a un régimen de poder que mantenía intactos los intereses y la influencia de las élites que habían prosperado en el largo y penoso período anterior a la Transición. Dicho de otra manera, más entendible y real: el dominio feudal de las élites económicas y estamentales al objeto de que la minoría oligárquica siguiera manteniendo, como sigue manteniendo, sus intereses económicos hasta elevarlos a la universalidad, es decir, a que se transfiguren alevosamente en los intereses generales del país.

En efecto, un régimen político basado en el turnismo entre los dos grandes partidos de la época: el conservador y el liberal, cuya autoría política se debe a Cánovas del Castillo, principal líder conservador de la historia del país, que diseñó la Restauración de acuerdo con el viejo principio elitista del «gobierno de la inteligencia».

El cacique había sido una pieza más en la estructura de la Administración centralizada: era el jefe local de uno de los partidos, eslabón en la cadena de una de las muchas clientelas que componían el sistema político. Como tal su misión consistía en la manipulación electoral tendiente a la consecución de unos resultados más o menos ficticios, muchas veces obtenidos por medios ilegales, favorables a su jefe de filas.

Pero, aunque las elecciones se regularon en principio por un sistema censitario, el trampeo y el fraude electoral funcionaba gracias a un complejo sistema de clientelas conocido como caciquismo: una organización piramidal que arrancaba del cabeza de partido en el gobierno y del partido en la oposición y se extendía a las provincias a través de un complicado sistema de notables provinciales y locales. Sometido a este esquema, el ritual electoral era pura pantomima y la corrupción sistémica, estructural. Cada cacique, con la ayuda del gobernador civil de su provincia, conseguía imponer en su colegio electoral la victoria del partido señalado. Agotada la acción de gobierno de un partido, desgastado por el ejercicio del poder, era el turno de la oposición. El rey disolvía las Cortes y convocaba elecciones que invariablemente ganaba quien había sido previamente señalado, de tal manera que el cambio tenía un efecto inmediato en la administración, con el cese de la mayoría de los funcionarios para ser sustituidos por los del partido de turno.

Históricamente cuando hablamos del “régimen del 78” nos estamos refiriendo a la Constitución en la que cristalizó todo el largo proceso de la Transición, que comienza en 1970 con los procesos de Burgos, cuando la movilización social derrotó por primera vez a la dictadura imponiéndole la conmutación de las penas de muerte contra los condenados, por penas de prisión; y terminaría con el golpe de Estado borbónico del 23 de febrero de 1981 que legitimaba como “demócrata” de toda la vida al nuevo jefe del Estado, el rey Juan Carlos de Borbón y Borbón, elegido por las armas del ejército franquista bendecidas por los sacramentos de la iglesia católica y apostólica para seguir defendiendo los intereses de la burguesía. No, no fue un proceso lineal en el que algunos falangistas y franquistas redomados se reconvirtieron en “demócratas”, agrupándose alrededor de la figura de Suárez y la UCD, mientras otros se encastillaban en el bunker franquista, con Fraga y los suyos como referentes; sino que fue un periodo de duras, durísimas luchas obreras, estudiantiles y populares, con decenas de muertos, heridos, detenidos, como las huelgas de Ferrol, Vitoria, Madrid, Barcelona y, sobre todo, las huelgas mineras de Asturias …

Dicho de otra manera, fue un periodo agudo de la lucha de clases, resultado de la crisis de una de las dictaduras más salvajes del siglo XX, solo equiparable a la nazi. Qué duda cabe, aquella fuerza del movimiento obrero abrió grietas entre la burguesía, logrando dividirla en varios bandos sobre la política de cómo enfrentar y derrotar al movimiento obrero y popular. La UCD representaba al sector “negociador”, mayoritario a partir del 76, tras la muerte del dictador y las grandes huelgas de comienzos de ese año, que tumbaron el primer gobierno de la monarquía, presidido por Arias Navarro con Fraga Iribarne como hombre fuerte.

Por su parte, Alianza Popular recogía los sectores duros que negaban cualquier negociación con los representantes del movimiento obrero y lo que se dio en llamar la “oposición” democrática, agrupada en la PLATAJUNTA – fusión de la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia que agrupaba a todos los partidos de la oposición -, donde la reconciliación, el consenso, el olvido, el mirar hacia adelante y no reabrir heridas, el evitar el enfrentamiento entre hermanos y, sobre todo, el ruido de sables, fueron las expresiones que dominaron todo debate político en los tiempos que transcurrieron desde la muerte del dictador Franco, el 20 de noviembre de 1975, hasta la publicación de la Constitución, el 29 de diciembre de 1978. Por lo tanto, se puede afirmar sin temor a equivocarse que la “modélica Transición” no fue tanto el resultado de la debilidad de la movilización social, tal y como muchas veces se quiere hacer creer, como de la izquierda política, donde solo en el caso del PCE se podía contar con la única estructura organizada en casi todo el país – principalmente en todas las zonas mineras de Asturias y Villablino en León -, con decenas de miles de militantes que contrastaba con la evidencia de un PSOE que, en 1974 apenas llegaba a los 1.500 afiliados en el interior, más o menos, los mismos que tenía cualquiera de los otros  partidos de la extrema izquierda. Como señalara con ironía Vázquez Montalbán, sobre la base de esta «correlación de debilidades» se escenificó la Transición.  De ahí surgió el acuerdo entre un reformismo franquista carente de legitimidad y unos partidos de izquierda que casi sólo contaban con legitimidad. 

Los siete ‘padres’ de la Constitución en 1978. De pie, de izquierda a derecha: Miguel Herrero (UCD), Gabriel Cisneros (UCD), Jordi Solé Tura (PCE) y Miquel Roca (Minoría Vasco-Catalana). Sentados, de izquierda a derecha: Manuel Fraga (AP), José Pedro Pérez-Llorca (UCD) y Gregorio Peces-Barba (PSOE).

En definitiva, la cláusula subyacente de los pactos se escribió a fin de estabilizar por vía de urgencia el nuevo marco político – el régimen constitucional -: se trataba de poner fin a un movimiento obrero fuerte, cuyas expectativas resultaban peligrosas para la operación. Por tanto, el problema de la “Transición” era el problema de la crisis, a un tiempo política, económica y social, y había que desactivar esa fuerza oscura y heroica que durante unos años empujó más allá los elementos de crisis, y en torno a este problema es como se explican todos los grandes actos de la “Transición”: la urgencia con la que se emprendió el proceso constituyente, que este se pusiera en marcha sobre la base de los resultados de unas elecciones casi provisionales, la renuncia a celebrar un amplio debate constitucional, la aún más rápida firma de los Pactos de la Moncloa, la escenificación de los consensos y el rápido cierre del 23F, entre otros. Se trataba, y cuanto antes, de limitar el número de actores políticos, de crear rápidamente los marcos de estabilidad electoral para garantizar las posiciones conquistadas, lo que sólo se podía lograr tratando de controlar y encauzar la conflictividad.

Además, frente a la imagen de una transición pacífica regalada por un régimen que “dio libertades” por arte de magia de los “aperturistas”, hubo una realidad muy distinta, la de unos años de agudos procesos de lucha, con miles de casos de tortura, casi 600 asesinatos políticos y unas cárceles que a fecha de la muerte de Franco tenían más de 5.000 presos políticos y 25.000 procesados políticos en libertad provisional.

De la “modélica Transición” no quedó más que un final ambivalente, sin ningún efecto pedagógico: la conquista de las libertades civiles y de un régimen representativo se hizo a costa de la liquidación de un vasto ciclo de movilizaciones sociales, donde los mineros asturianos siempre estuvieron en la vanguardia de las luchas sociales. Los costes se pagaron en forma de apatía y desinterés en la política, una democracia mediocre y la desesperación ante una crisis económica que se prolonga en el tiempo. El régimen de la “modélica Transición” apenas ha podido ocultar este modesto balance. Su historia posterior se ha construido sobre la construcción de su propio mito: la glorificación de los pactos, la responsabilidad del pueblo, la grandeza y el sentido de Estado de los protagonistas, siendo el único elemento de consolación, especialmente para aquellos que creíamos en las posibilidades de la época, aquella letanía del «no se pudo ir más allá, pero se hizo lo que se pudo, nuestra democracia es como la de los demás».

Es decir, si sustituimos Restauración por Transición obtendremos resultados demasiado parecidos cuando no iguales, y no es casual, ya que la Restauración actuó como el gran referente de los políticos del reformismo franquista, tales como Manuel Fraga Iribarne, José María Areilza o Torcuato Fernández-Miranda, siendo incluso el referente de algunas de las cabezas de la oposición como Enrique Tierno Galván por el PSP o Gregorio Peces Barba en representación de aquel PSOE que los mismos poderes oligárquicos se habían encargado de secuestrar en Suresnes, allá por el año 1974. Todos ellos sabían que el arreglo consistía, sobre todo, en un pacto entre las élites, una solución oligárquica, establecida tal y como quería Cánovas por el acuerdo entre los grandes partidos políticos, enfrentados en lo accesorio y conformes en lo fundamental.

Efectivamente, los pactos no fueron sino el acta sobre el nacimiento de una clase política nueva, hecha a partir de los restos del franquismo político y de un complejo proceso de filtración y selección de las élites del antifranquismo que conforman el actual bipartidismo turnista PPSOE.

Desde mi punto de vista, esta “modélica Transición” fue una época tan rica en propuestas y experimentos, como pobre y frustrante en ocasiones perdidas, donde el desengaño desbordó los límites de la «clase obrera», y el desencanto, la desafección política, la rápida erosión de la legitimidad de los actores sindicales, de los partidos políticos y de las instituciones en general, fueron rasgos dominantes en amplios sectores sociales. El fenómeno castigó de una forma severa a toda una izquierda que había concitado las esperanzas del CAMBIO, que propiamente había sido el laboratorio político de la época, pudiendo concluir que la “modélica Transición”, para una inmensa mayoría del pueblo español, supuso la creación de un gigantesco cementerio donde fueron enterrados la extrema izquierda, el Partido Comunista de España, el experimento de reconstrucción de la CNT, el movimiento obrero en general, salvo las honrosas y minoritarias excepciones, quedando en todo el proceso de destilado y reducción de la izquierda, un concentrado posibilista bajo las siglas del PSOE, con un alcohol que apenas compensó su bajísima graduación con el acceso al gobierno en 1982, del que siguen bebiendo, a la fecha de hoy, los mismos oligarcas que beben en la derecha oficial, tal y como se ha demostrado a lo largo de sus más de veinte años ocupando las poltronas ministeriales, cuya propiedad sigue perteneciendo a la clase dominante.

La brutal represión franquista tuvo efectos devastadores para el movimiento obrero. Sin embargo, socialistas, comunistas y libertarios se esforzaron en crear redes clandestinas que evitaran su completa desaparición. Por otra parte, los trabajadores mostraron actitudes de rechazo y resistencia y, esporádicamente, de protesta ante las nuevas condiciones de vida y de trabajo impuestas, así como de aprovechamiento de la propia legalidad franquista para defender sus intereses. Desde el inicio de la década de los años 60, un movimiento obrero renovado, con las CC.OO. como principal expresión organizada y mediante una conflictividad creciente, se convirtió de nuevo en un actor importante en la vida socio-política española, contribuyendo de manera determinante a la crisis final de la dictadura.

La derrota del movimiento obrero quedaría perfectamente escenificada en la arena de la crisis, pasando de aquella posición ofensiva y de fuerza en la década de los años setenta a una cada vez más defensiva y débil, en la medida que la política de rentas, la desinversión y el paro le fueron conquistando terreno. Por otra parte, las fracturas comenzaron a multiplicarse en todas direcciones:  entre jóvenes y mayores, entre los trabajadores con empleo y los que quedaron en paro, entre los fijos de las grandes empresas y los subcontratados, y, lo más grave, donde antes existía una propensión al reconocimiento y la solidaridad se dio paso a una multiplicidad de situaciones individualizadas, sometidas a una creciente vulnerabilidad y desconfianza entre la clase trabajadora, hasta el extremo de dejar de «homogeneizarla” para quedar convertida  en una vulgar lucha «corporativa», fundamentada principalmente en el lucha por los privilegios de unos pocos.

Todo sucedió bastante rápido, de tal manera que, a mediados de los años 80, con el PSOE en el gobierno del Reino de España, el ataque contra el mundo obrero parecía haberse completado, quedando el movimiento obrero reducido a los núcleos en reconversión, a aquellas ciudades que dependían completamente de la industria y en las que la supervivencia de las grandes empresas se consideraba sinónimo de futuro. En el resto, la acusación de corporativismo – la relegación del conflicto a una defensa de intereses particulares – acabaría por destruir lo poco que quedaba de capacidad política al movimiento obrero. Las políticas de la “modernización felipista” del PSOE habían conseguido imponer su criterio, y la vasta alianza social que constituyó el antifranquismo quedaba como reliquia para guardar en los archivos de las Fundaciones creadas al efecto para el uso de los estudiantes de la Historia del MOVIMIENTO OBRERO.

Con la crisis social, y la destrucción del movimiento obrero, vino el vacío político, o lo que es lo mismo la crisis de la izquierda. Así, desde los finales de la década de los setenta, esta sería incapaz de encontrar otra palanca para empujar en una dirección de transformación social. Aquellos movimientos sociales creados durante las décadas de los sesenta y los setenta apenas lograron llenar esta ausencia. Centrados sobre aspectos particulares y protagonizados por sujetos sociales dispares, quedaron convertidos en poco más que en mecanismos para la ampliación de derechos, antes que en portadores de otras formas de democracia o de proyecto social, y por si esto fuera poco, la política del PSOE, hecha de reformas parciales y de integración institucional, conseguía neutralizar su potencial de oposición cuando no la desaparición de los mismos movimientos sociales.

No obstante, en contra de lo que se pudiera suponer, la crisis económica apenas desbarató el bloque social sobre el que se sostuvo aquel proyecto modernizante que la democracia había heredado del franquismo. A pesar de las tasas dramáticas del paro, la expansión de la administración y de los servicios sociales trajeron la creación de casi un millón de empleos públicos entre 1977 y 1986, casi los mismos que se habían perdido en la industria. En términos de gobernabilidad, la ampliación de los cuerpos públicos y la creación de nuevas instituciones, principalmente de la mano de los gobiernos autonómicos, permitió crear clientelas, apoyos institucionales sólidos y sectores sociales satisfechos, muy importantes todos ellos para el voto cautivo en los procesos electorales. De hecho, la autocomplacencia de estos segmentos sociales fue la marca de la época y el núcleo «íntimo» de los consensos.

Cuando comienza la crisis de los años 70, existe un claro problema social en España. El dictador estaba muriendo y comenzaban los problemas para la sucesión. Estos problemas hacen posible la transición política que ocurrirá paralelamente con la crisis de estos años, y esta crisis económica está unida totalmente con el cambio social. La sociedad española se encuentra en un cambio constante y las medidas de ajustes se aplazan unos años creando mayores desequilibrios en la economía española, aunque con la muerte del dictador y el paso hacia la llamada democracia hacen más sencillo el consenso para los ajustes.

Quizás en ningún otro aspecto, esta sociedad autosatisfecha alcanzó mayor grado de crueldad y cinismo que en las imágenes dominantes de la crisis social, presentando esta como un problema de seguridad y de pobreza, nunca como un problema político. De esta manera, la “modélica Transición” lograba reordenar las posiciones sociales legítimas y con ello garantizar la nueva paz democrática. La recuperación económica de mediados de los años ochenta tampoco produjo esos cambios tan significativos que tanto se encargan de cacarear a diario los voceros oficiales del régimen a través de los distintos medios de comunicación, entre otras cuestiones, porque el retorno del crecimiento económico no devolvió al país a las posiciones políticas y sociales anteriores. Antes, al contrario, la nueva prosperidad, aunque siguiera proyectándose en la resaca de las reclamaciones de un Estado de bienestar moderno, se dirigió hacia una sociedad de consumo más diferenciada, galvanizada en torno a símbolos de opulencia – como la vivienda unifamiliar – que remitían exclusivamente a las imágenes y proyecciones de la clase media, cuando no de una «nueva riqueza» estimulada por la especulación bursátil e inmobiliaria. El nuevo modelo de crecimiento que se consolidó en aquellos años, realizado principalmente sobre bases propiamente financieras, prescindió de la centralidad de la industria. De hecho, desde mediados de los años ochenta, la economía española se volcó en lo que habían sido sus «otras» especializaciones durante el franquismo, esto es el turismo y la construcción, de tal manera que el futuro de nuestro país ha quedado basado en lo que dure el sol, la playa y el turismo.

Sin embargo, la idea de que en la génesis de toda la “modélica Transición” habían participado, tanto los que habían perdido la guerra que vino como consecuencia del golpe fascista de 1936 como aquellos que la habían ganado, tal y como si hubiera sido en condiciones iguales, ha sido otra de las semillas de ese relato mítico que ha permitido durante todos estos más de cuarenta años que algunos franquistas redomados hayan sido tratados y enterrados como demócratas de toda la vida mientras que aquellos y aquellas que defendieron la democracia y la libertad, luchando contra la dictadura, sigan reposando sus restos en no se sabe que fosa de las miles y miles repartidas por todo el territorio español, hasta el extremo de que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de este país desconocen los crímenes de la dictadura porque la producción de ignorancia acerca de ese pasado tan reciente ha sido una política de Estado.

¡¡¡ LAS FOSAS DE LA VERGUENZA !!! Bajo los cimientos que sustentan una suerte de democracia moderna con serios altibajos desde 1978 se erige un pasado enmarcado en el olvido. Perdidos entre las bastas tierras de España descansan hacinados cientos de miles de muertos, convertidos en símbolos de la vergüenza de un país que reniega de ellos. La propia España los asesinó con una guerra y una dictadura que los mayores evitan recordar y los jóvenes desconocen. Son las víctimas de un tiempo que ahora se tacha de confuso, de innecesario y hasta de inexistente.

¿Cómo es posible que en un país como el nuestro se pueda ser licenciado en Historia cuando en la mayoría de nuestras universidades no se haya leído una sola página acerca del franquismo, o que tengamos, según Amnistía Internacional, una de las peores formaciones en derechos humanos del núcleo central de la Unión Europea? Que duda cabe, la ocultación de este pasado traumático, de sus consecuencias, de la permanencia de sus injusticias, tienen que tener un límite, y en este caso tiene que ser la incorporación de una nueva generación, la de los nietos, a la vida pública, principalmente cuando más de un 65 por ciento de la población española que tiene derecho al voto – 24 millones de votos -, no pudo participar en el referéndum constitucional que amparaba la Restauración Monárquica, en unos casos porque no tenía edad para ello, y en otros por el simple hecho de no haber nacido. Una nueva generación que necesita contrastar el relato heredado para ponerlo a prueba y cuestionarlo antes de decidir si lo adopta o si necesita elaborar uno nuevo. Entre otras cuestiones – la fundamental -, porque el debate sobre la relación del presente con nuestro pasado, sobre la recuperación de la Memoria Histórica, sobre el abandono que han sufrido las víctimas del franquismo, debe ser considerada como uno de los derechos fundamentales de nuestra Constitución, porque solo desde la  dignificación de las víctimas y la recuperación de la memoria democrática pueden contribuir no solo a rechazar esta democracia de muy baja intensidad que trajo consigo la Segunda Restauración Monárquica, aportando el conocimiento del pasado como herramienta para comprender las causas y orígenes de los problemas actuales, sino también a la progresiva conformación de un nuevo discurso político basado en la cultura de la democracia participativa, la justicia social y el respeto a los derechos humanos, donde la Verdad, la Justicia y la Reparación se hagan realidad. Un discurso político que era, precisamente, el que propiciaban los miles y miles de hombres y mujeres cuyos restos todavía yacen enterrados en las malditas fosas abiertas a lo largo y ancho de nuestro país.

 

 

 

 

 

 

Acerca de ANTON SAAVEDRA RODRIGUEZ

Hola a todos, soy Antón Saavedra y vivo en la cuenca minera asturiana del Nalón. Nacido en Moreda de Aller, (Asturias) el 30 de mayo de 1948, desde la edad de cinco años vivo en la barriada minera de La Juécara (LANGREO). Allí, en la Academia Mercantil de La Felguera (Frailín) cursé mis estudios de bachillerato por libre, y a la edad de 20 años, después de haber sido despedido de Constructora Gijonesa, Duro Felguera y Montajes de Ciaño por motivos sindicales, empezé a trabajar en la minas de Hunosa (Pozo Fondón) con la categoría de ayudante barrenista hasta el año 1974 que pasé a desempeñar el cargo de Graduado Social en el Grupo Siero (Pumarabule y Mosquitera). Posteriormente me licencié en Relaciones Industriales por la Universidad de Alcalá de Henares, y actualmente curso estudios para la licenciatura de Ciencias Políticas. Afiliado a la UGT y al PSOE en los inicios de los años 70, fui secretario general de la Federación Estatal de Mineros de UGT (1976-1989), vicepresidente de la Internacional de Mineros (1978-1990), y miembro del Comité Ejecutivo Confederal de UGT (1976-1988).Desde 1986 hasta 1994 ocupé un lugar en la Mesa del Comité Consultivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en representación de España. Durante este periodo participé como ponente en varios congresos y conferencias sindicales a nivel internacional, actuando en nombre de los trabajadores españoles ante la OIT, siendo autor del libro-informe publicado bajo el título “EL CARBON:UNA ALTERNATIVA A LA CRISIS ENERGETICA”, que fue asumido por unanimidad de los miembros de la CECA como ponencia base en el debate sobre la politica energética comunitaria en 1991. Entre los años 1991 y 1998 fui diputado del Partido de Acción Socialista (PSOE histórico) en el Parlamento Asturiano por las lista de IU, así como miembro de sus respectivos comités ejecutivos federales. Soy autor de “SECUESTRO DEL SOCIALISMO” y “EL HEREDERO DE SURESNES” de muy recientísima aparición.
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2 respuestas a LLEGÓ LA MODÉLICA TRANSICIÓN  

  1. Es posible que tengas razón, pero ¿ porque no te preguntas si lo que hoy estás haciendo te va acercando al lugar en que piensas estar mañana ? Por mucho que quieras despistar, cada vez que escribes cada vez que muestras tus pensamientos políticos, pero tampoco debes de preocuparte, porque un burro también puede fingir ser un caballo, aunque tarde o temprano acabe rebuznando. Por cierto, a ver si aprendes a sumar y cuentas bien lo de la “modélica transición”.

  2. antonalonso dijo:

    ¡Enhorabuena, señor Saavedra! Ha conseguido redactar un artículo sin mentar una sola vez la palabra,odio para expresar sus ideas comunistas.

    Esta vez se ha obsesionado con la ‘modélica transición’ (10 veces), en la que participamos una buena cantidad de esos nietos de los que sufrieron la desgracia franquista, y que son los nietos de los que perdieron la guerra, pero que para nada tienen ideas totalitarias comunistas.

    Y estoy recordando un artículo de dos defensores de la República, que expresaron libremente en el diario El País, su deseo de enterrar para siempre el enfrentismo cainita que no deja avanzar a la sociedad española de tanto como se dedica a mirar el pasado sin dedicar un minuto a organizar el futuro.

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